Él me estaba guiando al lado oscuro, mostrándome un nuevo mundo de sensaciones y pasiones, de niveles superiores de placer y excitación que nunca soñé en mi anterior vida sexual. Se convirtió en una adicción, en una necesidad imperiosa. Me sentía realizado, y había vuelto voluntariamente a su pequeño estudio del centro de Madrid, queriendo aprender más, experimentar nuevas cimas en el placer y la pasión. Mi cabeza seguía negándose a ir, o al menos me recomendaba prudencia y tranquilidad, pero mi cuerpo anhelaba su contacto, su dominación, para lograr llegar a nuevos niveles de conciencia de mí mismo y del placer.

Hasta el día en que le conocí, y las bases de mi existencia temblaron, yo era una de esas personas cuyo nombre no recuerdas, ni giras la cabeza para volver a mirar. Hasta entonces había mantenido dos relaciones estables que habían acabado mal, dejando mis sentimientos y mi cartera demolidos. Mis relaciones sexuales, cuando no tenía pareja, se redujeron a dos escapadas por el barrio de Chueca. En la última fue cuando un amigo me le presentó. Me sorprendió que un tipo como él, un mulato con casi dos metros de puro músculo y cara de niño travieso, a pesar de haber pasado ya la treintena, me prestara más atención de la que la mera educación exige. Y más desconcertado aún quedé cuando me invitó a tomar algo en su casa, con una sonrisa socarrona.

Pero en aquel momento yo había regresado a su apartamento, como en el fondo sabía que haría, aunque mi cerebro se negara aceptarlo. Mis manos estaban esposadas a una argolla de metal clavada en la pared, mientras yo permanecía de rodillas, a cuatro patas, sobre un mugriento colchón en el suelo, de cara al muro. Ya habíamos terminado con la fase inicial de azotes en el culo, en la parte interior de mis muslos, en mis testículos y en mi polla, que los había puesto al rojo vivo, hipersensibles al tacto. Y estaba llegando a su fin la fase en que sus labios y su lengua repasaban las partes golpeadas de mi anatomía. Sus dientes empezaron su labor, mordisqueando esas mismas zonas, provocando mis lamentos y súplicas, cuando los bocados comenzaron a ser más potentes.

Cuando lo creyó oportuno, se situó de rodillas entre mis piernas abiertas. Pude sentir un estremecimiento cuando el cuero del arnés que cruzaba su pecho rozó mi espalda. Mientras, con una mano apretaba firmemente mi estómago, atrayendo mis caderas hacia las suyas, haciéndome sentir cómo su enorme y durísima polla se restregaba entre mis muslos. Con la otra mano, utilizó un gigantesco dildo para bombear mi garganta sin clemencia. Yo deseaba que en su lugar estuvieran sus veinte centímetros de carne que, momentos antes de ser esposado ya habían follado mi boca.

Le escuché tararear, en voz baja. De mis dos anteriores sesiones había aprendido que, cuando tarareaba mientras usaba mi cuerpo, significaba el comienzo de un período de tiempo en el que daba igual lo que yo sintiera, hiciera o dijera, pues Él no pararía hasta conseguir lo que se hubiera propuesto. Yo dejaba de existir para Él.

Sacó de golpe el dildo de mi boca, y se sentó sobre su culo, detrás de mí. Empezó a embadurnar el dildo con lubricante mientras me decía cuánto le gustaba usarme. Me usaría como un violín, dijo. Se rió, y se corrigió. No, eso es demasiado pijo. Te usaré como a una máquina. Una máquina industrial, con un pistón bombeando sin fin con fuerza. No pude evitar gemir al imaginar la escena, y me moría de ganas de que me hiciera sentir esa dominación, ese control.

Al momento sentí el tope del dildo rozando mi culo abierto. Me había advertido que no me cortara a la hora de gritar o chillar cuando sintiera dolor. No hizo falta que me lo dijera. Arqueé la espalda y solté un agudo grito, mezcla de dolor y éxtasis, cuando de un solo golpe y con todas sus fuerzas me empaló. Sentí cómo cada una de las venas de látex del dildo se abrían paso dentro de mi culo.

Mientras tanto me explicaba que el dildo no era otra cosa que un soldado invasor que no hacía prisioneros. Y que su polla sería aún más inclemente. Y, como para demostrármelo, me hizo ponerme de pie sobre el colchón. Con sus pies, me hizo separar al máximo mis piernas, mientras mi torso quedaba inclinado hacia delante, ya que mis muñecas seguían esposadas a la pared, casi al ras de suelo. Y, con un gesto rápido arrancó el dildo de mi culo, y empujó sin contemplaciones su enorme polla, más gruesa y larga que el dildo, hasta lo más profundo de mis entrañas. Grité y me retorcí, sintiendo como si me partiera en dos. El fuego que me quemaba por dentro se mezclaba con el placer intenso de sentir por fin su polla llenando mi culo, destrozándolo.

Cuando sentí el frío contacto del metal de la argolla de su arnés, en la base de su polla, pegado a la entrada de mi culo, sus manos alcanzaron mi pecho, y sus dedos comenzaron a pellizcar y arañar mis pezones. Sus labios se acercaron a mi oreja y me preguntó si estaba preparado para conectar el pistón de la máquina.

Le supliqué que lo hiciera de forma brutal. Grité al sentir cómo me mordía el lóbulo de la oreja, y apretaba los dientes al tiempo que sus largas embestidas comenzaron a torturar brutalmente el interior de mi dolorido culo.

Su follada fue bestial. Sus acometidas eran profundas y violentas. Al rato, mis rodillas acusaron el esfuerzo y, tras temblar, acabaron por doblarse. Caí sobre el colchón, pero el pistón que bombeaba en mi culo no cejó en su empeño. El musculoso cuerpo de mi dueño quedó por completo sobre mí, dejando reposar todo su peso sobre el mío, sin dejar de clavarme su polla ni un solo segundo, y sin bajar su intensidad.

La presión de su sudoroso cuerpo sobre el mío, y el roce de mi excitada polla contra el roñoso colchón en cada una de sus ataques, hizo que mi semen manchara el jergón, uniéndose seguramente al de otros muchos que me precedieron allí. Casi a la vez, con tres tremendas sacudidas y un grito de victoria, Él me llenó el culo con su espeso y caliente semen.

Se quedó sobre mí, dentro de mí, jadeando hasta que recuperó el ritmo normal de su respiración. Yo, aplastado por su peso, esposado y dolorido, intentaba respirar, feliz, lleno.

Sólo en la primera sesión usó condón. Y al irme ese día, me ordenó hacerme análisis de todo, y llevarle los resultados la próxima vez, si es que había otra… y yo me atrevía a repetir. Por primera vez, y no sería la última, me propuse no regresar. Me engañaba.

Apoyándose en mi espalda se irguió y, sin tocar el asqueroso colchón sobre el que yo reposaba, me quitó las esposas.

Vamos a ducharnos, y después quiero que comas algo. Vas a conozcas un sitio, y tienes que ir con fuerzas”, me ordenó, con su voz grave, mientras me guiñaba un ojo y yo me derretía de placer.

Una vez vestidos y aseados me subí de paquete en su moto, disfrutando de poder abrazar con fuerza el cuerpo de mi torturador. Me llevó al extrarradio de Madrid, a una zona desconocida totalmente para mí. Nos perdimos entre naves industriales de un polígono, hasta llegar a un muro con una puerta sin ninguna identificación, y una mirilla. Aparcó enfrente, y llamó a la puerta con sus nudillos. Al poco, la mirilla se abrió, y la puerta también con un chirrido desagradable. Tras pasar por un solar con escombros por el suelo, entramos por otra puerta, a través de la cual accedimos a un local lleno de humo de tabaco, mesas bajas, y dos barras en los extremos. Cuando mis ojos se aclimataron a la luz tenue y el humo, distinguí un pequeño escenario en el centro del local.

Mientras mi Dueño me arrastraba hasta una de las barras, me dio tiempo a ver, en el centro del escenario una especie de cojín de un metro de alto, con forma de cuña, con correas en sus cuatro extremos. En ese momento, un chaval joven, rubio, delgado y con cara de niño, se inclinaba sobre él de tal forma que su cabeza quedaba a la altura del suelo, su culo en pompa en lo alto, y sus piernas en el otro extremo, en el suelo. Una impresionante polla colgaba entre ellas. A su lado, un tipo enorme, musculoso, con una capucha sobre su cabeza, afianzaba las correas sobre sus muñecas y sus tobillos.

Sin embargo, en ese momento llegamos a la barra. Él pidió dos cervezas y me colocó, como si de un muñeco se tratara, entre sus piernas, apretando mi culo contra su paquete, y me rodeó con sus brazos. Su barbilla se apoyó en mi hombro, mientras observaba el espectáculo. Al momento, una de sus manos se abrió camino dentro de mi pantalón, agarrando con firmeza mis huevos, y jugueteando con mi polla. Recordé por un instante el tiempo en que me avergonzaba el simple hecho de ir de la mano con mi novio en un lugar público. Y ahora permitía que alguien me magreara en público. Pero no era alguien, era mi Dueño.

Unos gemidos procedentes del escenario me devolvieron a la realidad. El grandullón estaba de rodillas entre las piernas esposadas del muchacho. Cuando se separó de él un poco pude comprobar algo que me estremeció. Entre sus dedos tenía algo parecido a una aguja, y estaba metiéndosela al chaval por el agujero de la polla. Mi cuerpo se tensó. Los gritos y gemidos del esclavo eran de placer. Una vez que estuvo toda dentro, el tipo de la capucha comenzó a girar la aguja lentamente, provocando los espasmos de gozo del muchacho. Lenta y dramáticamente la fue extrayendo, provocando un murmullo entre los clientes del antro. Me di cuenta de que no podía respirar, y sentí que el abrazo al que estaba sometido había aumentado de presión. Y escuché un sonido familiar. Mi Amo tarareaba.

En el escenario, el espectáculo empezaba de nuevo con una aguja de mayor grosor. Cerré los ojos. No quería verlo. De hecho, la punta de mi propia polla me empezaba a doler de sólo imaginarlo. No. No era empatía. Mi dueño estaba presionando con uno de sus dedos en la punta de mi polla, como queriendo entrar en ella.

Me puse tenso, y Él me susurró “¿Qué piensas?”.

¿Qué pienso?”, respondí. “¿Sobre el espectáculo?

Sí, no te veo demasiado impresionado…”, me contestó.

Impresionado no es la palabra…”, agregué con un tono que le permitió saber lo que pensaba al respecto.

Cambió de estrategia. “Ya veo que las sondas no te gustan… Sin embargo, ¿qué piensas de la cuña? Puede ser divertida, ¿no?”.

Sí, eso sí”, respondí echándole un nuevo vistazo al escenario, justo cuando la cuarta sonda salía de la polla del muchacho, y éste se corría de la mano de su dueño.

De hecho, por eso estamos aquí”, me contestó. “he alquilado una habitación con una cuña en el centro. ¿Te interesaría probarla?

¿Ahora?”

El abrazo que me oprimía flojeó, y sus brazos me llevaron a través del gentío había una puerta por detrás de la barra. Mis piernas temblaron un poco al entrar en la pequeña celda. En el centro, tenuemente iluminada por una bombilla del techo, se veía la cuña. Él me desnudó, con habilidad, y me esposó convenientemente. Y, para mi excitación, se desnudó Él también delante de mí. La piel reluciente y venosa de su morena polla me provocó una erección inmediata.

Y en ese momento, me sorprendió. Me vendó los ojos.

Protesté gimoteando, pero Él me aclaró que esta vez quería que yo experimentara todo a través del tacto. Se agachó y me besó en los labios. Luego bajó hasta mis pezones y los mordisqueó con suavidad antes de ponerme unas pinzas en ellos. Era algo nuevo para mí, y no demasiado placentero. Intenté suplicarle que me las quitara. Pero Él estaba tarareando. Estaba totalmente a su merced. Y eso era lo que yo realmente quería. Me había convertido en un adicto. Necesitaba llegar a los extremos del placer y de su dominación. Cuando sentí la presión de las pinzas comencé a centrarme en mi sentido del tacto.

Como las otras veces, tras los azotes, los lametazos y mordiscos, cuando creyó que tenía mi culo a su gusto, comenzó a follarme. Pude concentrarme en sentir como su pétreo pedazo de carne me abría sin piedad el culo, acomodándose hasta lo más profundo. Sentía cada centímetro de su polla rellenarme. Mientras, sus manos jugueteaban con las pinzas de mis pezones, retorciéndolos, estirándolos. Volviéndome loco. En otros momentos, sus manos golpeaban mi espalda, mi culo, todo lo que se le antojaba.

La postura, y las esposas garantizaban su total control sobre mí. La dominación era absoluta. O eso creía yo. Por la velocidad de sus movimientos supe que estaba cerca de correrse. Lo estaba haciendo a pelo, y me moría de ganas de sentir su semen llenando mis entrañas. Pero no fue así. La sacó bruscamente, y sujetando mi cabeza por el pelo, terminó de follarme la boca, ahogándome cuando intenté tragar hasta la última gota de su espesa lefa.

Salió de mi boca y escuché cómo se alejaba unos pasos. Y volvió a tararear. Debió parar de hacerlo mientras me jodía el culo, y no me di cuenta. Pero indudablemente lo estaba haciendo ahora.

Sentí una mano sujetando mi polla desde la raíz. Y un escalofrío me recorrió el cuerpo, dejándome de piedra al sentir el inconfundible frío del metal de una sonda en la punta de mi polla, presionando en la raja. Grité, supliqué, rogué… pero Él tarareaba. No había nada que hacer. El último rincón de intimidad de mi cuerpo esta siendo violado, con algo de dolor y un inesperado toque de placer.

Relájate, y disfruta”, sonó su voz ronca, casi tarareando las palabras.

Obedecí, y me relajé. La sensación era extraña. Cuando salió la sonda, me sentí vacío, perdido. Pero de nuevo una sonda aún más gruesa me invadió, y grité. Me relajé, pero sólo conseguí sentir unas terribles e incontenibles ganas de correrme. Así se lo dejé saber a mi dueño, suplicándole que me dejara hacerlo. Él sacó la sonda, y yo solté mi carga.

Escuché la risa despectiva de mi Señor, y cómo me limpiaba con su mano, para luego hacérmele lamer.

Bueno, ya está, pensé. Una nueva experiencia en el lado oscuro, de mano de mi Amo. Y estuvo genial.

Pero una sonda aún más gruesa pugnaba de nuevo por entrar dentro de mí. El tarareo sonó más alto, y yo grité. “Oh, dios, no, por favor”.

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