El verano acababa de comenzar y el encuentro con Moreno había tenido un morbo que había encendido la chispa que llevabámos dentro los tres amigos para disfrutar de un verano a tope. Dani siempre iba más a su rollo, a fin de cuentas el también tenía otros amigos de toda la vida por la zona a los que dedicar tiempo, con quienes compartir otros momentos y eso, precisamente, nos dejaba vía libre a Sergio y a mi para irnos de cruising juntos. A fin de cuentas, ir tres personas juntas de cruising siempre hacía las cosas más complicadas. Y si ya ir en pareja a veces es complicado… pero eso es otro tema.

Aquella tarde de finales de julio dedicimos pasarla en la Playa del Rebollo, ya llevábamos algunos días por la zona y todavía no habíamos ido a nuestra playa nudista por antonomasia. Ese año decidimos empezar a dejar el coche en la urbanización que está enfrente del aparcamiento principal, siempre atestado de coches. Encontramos una zona, al final de la urbanización y pegada a la pinada, con un área de aparcamiento con sombra y desde donde atajar hasta la zona de cruising y hasta la zona gay de la playa se hacía muy sencillo. Al atravesar por aquel camino nos fijamos en que había varias casetas de la Generalitat Valenciana que anunciaban la presencia de un campamento juvenil. Obviamente, se veían cerradas y completo desuso desde hacía años. ¿De quién sería la ‘brillante idea’ de poner ahí un campamento juvenil? Imagino que, de haber estado abierto alguna vez, las quejas no tardarían en llegar… Al atravesar la zona de cancaneo vimos ya los primeros hombres desnudos buscando tema, la primera follada y el primer grupito de maduros pajéandose. Estábamos en casa. Así nos sentíamos. No obstante, nos apetecía playa, así que continuamos atravesando hasta que llegamos a la zona de la playa que nos gusta: justo al lado de una señal que prohibe la presencia de perros y cerca de un flotador salvavidas (que hoy en día no está).

La playa estaba concurrida, teniendo en cuenta que es una playa que nunca está atestada de gente, había ambiente: grupos de amigos, parejas, gente sola… De tal modo, extendimos nuestras toallas, clavamos una sombrilla, me desnudé completamente (Sergio prefería conservar el bañador) y nos dimos crema. Éramos el centro de atención, como siempre pasa cuando una pareja o grupo llega, durante unos minutos. Quizá lo que más me guste de esta playa, entre otras muchas cosas, es el ambiente de buen rollo que suele reinar. Sabes que si te vas a bañar o a dar una vuelta puedes dejar tus cosas sin que ello suponga un miedo a que te roben, que siempre puede pasar, pero aquí es distinto. Hay un código no escrito de proteger las cosas de la gente que tienes al lado. Así que con esa tranquilidad que hay, y después de bebernos una cerveza fresquita que traíamos en la nevera, nos fuimos a dar un baño. No fue muy largo: unas brazadas para un lado, bucear para el otro, un rato de hacer el ganso con Sergio y nos salimos a tomar el sol. Hay que aprovechar los días largos y despejados de julio, quizá el mes de verano en el que más bandera verde ondea en la playa.

Cuando el sol hubo bajado un poco y no apretaba tanto, serían cerca de las 8 de la tarde, decidimos entrar a darnos una vuelta por la zona de cancaneo. Como siempre, nos llevábamos en una pequeña mochila los objetos de valor, los condones y demás y dejábamos en la playa el resto. Como casi todo el mundo. Fuimos a la zona del foro, la más concurrida, y había cierto movimiento, pero se notaba que la temporada alta de fines de semana o agosto aún no había llegado. No encontramos nada y nos fuimos al comienzo, a la zona de las palmeras, donde tras dar unas vueltas nos encontramos con un chico tumbado boca abajo en su toalla roja dejándonos ver su culazo y sus buenos huevos amelocotonados. Tendría unos 29 o 30 años, delgado, no muy alto, castaño oscuro y ligeramente bronceado, se notaba que llevaba por la zona al menos 4 o 5 días. Nos quedamos parados en sus inmediaciones y al percatarse de nuestra presencia, el chico empezó a abrir las piernas ligeramente y enseñarnos lo bien depilado que llevaba el agujero. Un agujero al que daban ganas de meterle la lengua y comérselo hasta que se corriera de gusto. Nos acercamos hasta quedarnos a su lado y el chico se levantó, se acercó y sin mediar palabra me cogió del rabo y me lo empezó a magrear, mientras que con la otra cogía el paquete de Sergio y hacía lo mismo. No pasó mucho tiempo hasta que Sergio estuvo con el bañador en los tobillos y el chico pajeaba con ambas manos nuestros rabos, ya bien duros. Nos miraba con cara de deseo y vicio, así que le cogí de su rabo y empecé a pajearle también (estaba muy bien dotado), momento que aprovechó para formar un pequeño círculo y empezar a comernos la boca los tres y jugar con nuestras lenguas. Para entonces, ya teníamos bastantes curiosos mirando… la verdad es que estábamos en una zona nada discreta, quizá de las más públicas y al aire libre que hay en toda la zona de cancaneo. El chico hincó las rodillas en la arena y nos empezó a mamar las pollas; tenía una boca muy húmeda, muy salivada, comía la polla con auténtica entrega y controlando muy bien el ritmo mientras alternaba de una polla a otra y cuando podía se pajeaba a sí mismo.

– Quiero follarte ese culo tan rico que tienes…-le dije, cogiéndole de la barbilla y haciendo que me mirara mientras tenía mi polla en su boca.

Sonrió, como si hubiera estado deseando ese momento desde hacía rato, y paró de mamarnos las pollas para dirigirse a la pequeña mochila que había en su toalla roja y ofrecernos un par de condones de marca absolutamente desconocida. Tenía pinta de ser de estos que regalan a veces en las discotecas o asociaciones. Se apoyó en un pino que daba sombra a su toalla, se abrió de piernas y nos ofreció todo su esplendor. A veces me sorprende la facilidad con la que algunos chicos dilatan simplemente por el placer o el morbo de saber que van ser follados. Me puse de rodillas, le abrí los cachetes con ambas manos, le escupí un par de veces y le comí el culo superficialmente, para hacerle un par de dedos después; cosa en la que no insistí al ver lo innecesario que era. Me puse el condón y se la metí despacio, pero de golpe, provocando en el chaval un gemido de placer algo estrambótico.

– Dame fuerte tío…-fue la única frase que articuló.

Me lo empecé a follar con ganas y con soltura, contemplando de vez en cuando las caras de 8 o 9 tíos que se pajeaban a menos de dos metros nuestra viendo la escena. Sergio aprovechó para ponerse cerca del chaval, quien empezó a pajearle con una mano mientras se sujetaba en el pino con la otra. Aquel culo tragaba de vicio, se sentía muy acolchado, como si metieras el rabo entre cojines blanditos y esos huevos tan gordos que tenía balanceándose hacía detrás y hacía delante me volvían loco… Sergio avisó de que se corría y el chaval pidió que le echara la lefa en el brazo, así lo hizo. Yo empecé a darle fuerte y le avisé de que me quedaba poco:

– Córrete dentro tío, lléname…-decía entre susurros.

Así que sí, aceleré el ritmo hasta clavársela entera sacando y metiendo y me corrí dentro de su culo, con la garantía del condón, claro. Para este momento, el círculo que teníamos alrededor hubo desaparecido. Le saqué la polla del culo, me pidió ver el condón, se lo enseñé y puso cara de vicioso al ver lo lleno de leche que estaba. Lo cierto es que me había encantado follarle ese culazo tan apetecible que tenía.

– Oye tío, ¿no te corres? ¿Quieres una mamada o algo? Tienes un buen rabazo…-le dije.
– Tranquilo, es que tengo mucho aguante, pero ha estado muy bien -comentó.

Mantuvimos una breve conversación un tanto típica mientras nos limpiamos un poco y enseguida nos despedimos.

A pesar de que ya era tarde y empezaba a anochecer, decidimos ir a la playa y tumbarnos un rato para culminar el momento de relajación. A la salida vimos a un chico con el que juraría haber follado antes, porque me conocía:

– ¿Cómo te va Marcos? Vaya polvazo os habeis marcado, cabrones -dijo.
– Ya ves tío… las cosas surgen y hay que aprovecharlas -comenté.
– Y… ¿qué tal? ¿Cómo folla La Trotona? -preguntó.
– ¿Cómo? -dije un tanto confundido.
– Si tío, ese chaval al que has follado, La Trotona, ¿qué tal es? -insistía.

Le di un poco de largas porque no me gusta comentar mis polvos con gente a quien no conozco de nada, pero no llegué a saber por qué le ponían ese apodo:

– Ya lo verás tu mismo… en un par de semanas me respondes tú mismo a la pregunta, ¿va? -me dijo el chaval.

Y sí. Efectivamente en menos de 10 días supe por qué al chaval con el que habíamos follado se le conocía como La Trotona: sus vacaciones consistían en pasarse unas 15 horas al día en sitios de cruising. Fue común verle en el Rebollo y en el Moncayo, a todas horas, día y noche, en su coche Juke de un lado para otro. Acabé arrepintiéndome de habérmelo follado por una razón: le daba igual 8 que 80, viejo que joven, buen cuerpo o mal cuerpo… El único requisito para follar con él era tener un buen rabo, le privaban los rabos grandes. No he visto a nadie en estas zonas mamar más rabos que a él, es lo que tiene no tener ningún tipo de objetivo más que un rabo por encima de la media en largura y anchura.

Habiendo visto este panorama coincidí con Sergio en que nos alegrábamos mucho de follar siempre con condón, no obstante he de confesar que pasé algunos días preocupado por la mamada. Pero bueno, a fin de cuentas, ¿quién sabe?, quizá come 40 rabos en una semana y todos están muy limpios y luego un chaval se come 1 rabo sucio y le toca la china… Es cuestión de suerte. Lo malo del cruising es eso: que en algunos sentidos es como jugar a la ruleta rusa.

Relato facilitado por: Diario de cruising

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