Llevo tiempo viviendo en el mismo sitio y desde hace unos dos meses, tengo un nuevo vecino.

Un vecino que está tremendo. Lo veo muchas veces por las ventanas porque le encanta ir sin camiseta por su casa…

Tiene un cuerpo normalito, es alto, con pelo corto, moreno, los ojos claros y luego tiene un tatuaje tribal en el hombro.

Todo ocurrió porque alguna vez hemos coincidido por las ventanas… cruce de miradas indiscretas… pillada mutua de voyeurs. Lo que era inevitable fue coincidir en las zonas comunes. Un día coincidimos sin esperarlo en el portal.

Yo saludé como hago normalmente. El susto vino cuando se dio la vuelta y vi que era él. Yo me quedé paralizado, hipnotizado por su mirada y su sonrisa. Él se sorprendió también al verme, pero menos que yo. Me contestó y pulsó el botón del ascensor.

Esos segundos de silencio mientras bajaba el ascensor se me hicieron eternos. Más aún, cuando él no dejaba de buscarme la mirada. Entramos en el ascensor y yo pulsé el botón de la planta rápidamente. Él al verlo, cayó en quién era yo y de sus perfectos labios carnosos salió la frase de: “¡Oohh, no te había reconocido, vecino de ventana!”.

Aun con mis años y experiencia, no pude evitar ruborizarme de los nervios y por la situación. Yo respondí un poco vergonzoso y evitando mirarle… que sí, que era yo. Él se sonrió y me preguntó por qué estaba tan rojo. Yo respondí que era por el calor.

La casualidad y el destino hizo que el ascensor hiciese un ruido extraño y se paró. Probamos de nuevo a pulsar los botones y nada. Así que decidimos pulsar al botón del teléfono del servicio técnico de la empresa de ascensores. De repente una voz femenina se presenta y nos comunica que les ha saltado una alarma. Le respondemos que estamos bien y nos da unas indicaciones para no entrar en pánico mientras llegan los técnicos de mantenimiento para sacarnos.

Al principio estábamos un poco cortados y rompimos el silencio preguntándonos sobre nosotros. Entre preguntas, y más preguntas, no pudimos disimular mutuamente la tensión sexual y el terminó aceptando que les encuentra cierto punto a los hombres mayores que él.

Yo le propuse medio en broma que nunca lo había hecho en un ascensor y que no me importaría matar el tiempo de espera así. Él reaccionó de forma imprevisible… se acercó a mi cuello y me susurró: “No sabía cómo ibas a reaccionar si te lo proponía yo”. A lo que yo le respondí: “Baja y compruébalo tú mismo”.

No dudó y me bajó los pantalones y los boxer. Al ver mi rabo, lo primero que exclamó fue: “¡Oh que grande!”… y después de una lamida añadió: “Mmmm… jugoso y sabroso”.

Yo de pie, apoyado en una esquina del ascensor y él de rodillas en el suelo, demostró tener un gran don de lenguas. Pocos hombres de su edad me he encontrado que tuvieran ese control y habilidad con la lengua. Recorría todo mi pene, huevos, ingles, incluso alguna vez se subía por el pubis. Rozando el orgasmo, le pedí que me follara… sin dejar de usar su boca, de repente sentí como dos dedos se abrían paso hacia mi interior.

Apartó su cara de mi polla y empezó a follarme con sus dedos mucho más fuerte. Adoro cuando me lo hacen así y chocan los nudillos contra mi culo. Tanto, que estaba a punto de llegar al orgasmo… y llegué… llenando el suelo de lefa… y justo en ese momento escuchamos al chico de mantenimiento. De repente una voz masculina y algo juvenil interrumpió nuestro momento de clímax sexual: “¿Hola?… ¿Hay gente ahí dentro?”… De mis entrañas surgió un orgasmico sí. El de mantenimiento con tono asustado preguntó: “¿Y están bien?”… Yo seguí descargando mi orgasmo en forma de si. Lo repetí varias veces: “Si, si sii”… Lo siguiente fue la voz masculina diciendo: “Ok, no se preocupe que ahora mismo le saco, son dos minutos lo que tardo.

Yo terminado mi orgasmo mire a mi vecino y tenía una cara entre cansancio y asombro. Para que no nos pillaran en una situación tan incómoda, saqué del bolsillo un pañuelo de papel y limpié el suelo. Su cara fue un poema pero no fue capaz de articular palabra. Mientras se escuchaban ruidos, me subí los boxer y el pantalón y me recompuse un poco. Como si fuera cronometrado, en cuanto estuve listo se abrieron las puertas del ascensor.

El de mantenimiento se quedó boquiabierto. Mi vecino sudando y acalorado, yo todavía hiperventilando y con un ligero color rojizo en la piel, el espejo del ascensor completamente empañado y por supuesto un olor a sexo que comenzaba a inundar el rellano del piso.

Según salí y sin darle tiempo a reaccionar al de mantenimiento, le dije: “Gracias por sacarnos”.

Tal cual, saqué las llaves de mi casa y entré. Mi vecino se quedó un poco más en el rellano explicándole cómo había fallado el ascensor y rellenando unos papeles que había que hacer. Eso sí, en cuanto terminó y se fue el del ascensor, pegó en el timbre para continuar lo que habíamos comenzado dentro, pero eso ya os lo contaré otro día…

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