Ocurrió hace ya un par de años, la primera vez que fui de cruising a la zona de Ventas.

Tenía ya experiencia en el Templo de Debod y en Casa de Campo, pero nunca había probado con Ventas. Era verano, pasada ya la medianoche, y creía que estaría bastante concurrida la zona, pero tras dar varias vueltas no veía más que los típicos viejos verdes. Me disponía a volver al metro cuando, al pasar por los arbustos del aparcamiento que hay detrás de la plaza, un hombre me miró y me sonrió.

Parecía joven, era alto y delgado, con el pelo rizado y sonrisa jovial, como de 30 y pocos años. El momento que me detuve para mirarle le bastó para acercarse a mí, saludarme y, antes de que yo terminase de devolverle el saludo, colocarme la mano en su polla, que traía fuera de la bragueta. Empecé a menearsela entre los arbustos mientras entablábamos un poco de conversación y él aprovechaba para manosearme bien.

Se llamaba Rodri, tenía 44 años (qué bien se conservaba el cabrón), estaba divorciado y tenía tres hijos. Era guapo, con los ojos verdosos, hoyuelos en las mejillas y el pelo corto y rizado, ya un poco canoso. Tuvimos que parar cuando un grupo de veinteañeros pasaba cerca de nosotros.

Nos subimos a la ladera que rodea la plaza y allí entre árboles seguimos manoseándonos. Nos desnudamos por completo y pude ver en condiciones su físico. Además de delgado, estaba fibrado, con todos los músculos del torso bien marcados y el culo duro. Su polla era magnífica, entre 18 y 20 cm, más bien gordita, sólo un poco curvada hacia arriba, con un capullo redondeado y unos huevos gordos y apetitosos.

Antes de que me diese tiempo a disfrutar de aquella joya, se lanzó a comerme el culo (era un chaval delgadito, con nalgas redondas y depiladas, por aquel entonces era la fantasía de cualquier activo al que le gustasen yogurines,
y a mí me gustaban los maduritos como el que tenía haciéndome ver las estrellas).

Yo, que aquella noche sólo buscaba un poco de polla para manosear y comer, estaba deseando que aquel hombre me follase cuando volvieron a interrumpirnos.

– “Oye, tengo aquí el coche, ¿te vienes a mi casa y seguimos allí?” –Me propuso.

Yo dudé. Mis padres no sabían que había salido y no quería volver demasiado tarde. Pero me aseguró que no vivía muy lejos, que me llevaría él de vuelta a casa. Y yo me moría de ganas por comerme esa polla que aún no había probado y dejarme follar. Así que fuimos a su casa.

Al poco de entrar, ya estábamos desnudos en el salón. Esta vez no se me iba a escapar. Rodri se sentó en el sofá y yo me arrodillé en el suelo para comerle la polla en condiciones. Aquel falo entraba y salía de mi boca una y otra vez, y yo me estaba encargando de ensalivarlo bien, disfrutando cada gemido de él cuando lamía.

– “Ahora me toca a mí” –dijo.

Me puso a cuatro patas apoyado en el respaldo y empezó a lamerme el culo y restregarme su glande húmedo por mi ano, a veces incluso haciendo amago de meterlo.

– “¿Me vas a follar?” –le pregunté.

– “Como para dejar escapar este culito…

– “Pues tienes que trabajarlo un poco más, hace tiempo que no entran pollas tan grandes.

Nos pusimos en posición de 69 en el sofá: yo le comía la polla hasta el fondo y él me trabajaba el culo, mientras no paraba de decir las ganas que tenía de follarse a uno como yo.

Se levantó y me dijo que iba a buscar lubricante y condones. Entonces una idea peligrosa cruzó por mi cabeza.

– “Lubricante no necesitas” –le dije- “y condones…

La idea de aquel rabo tan perfecto de macho entrando y saliendo desnudo de mi culo, sin ningún artificio, me estaba resultando demasiado tentadora.

– “Nunca lo he hecho a pelo” –me respondió.

– “Mejor para mí”, pensé.

– “Pues no sabes lo que te pierdes, no hay color. Y correrte dentro, eso ya es otro nivel. A mí no me importaría ser el primero.

En su cara se dibujó una sonrisa pícara y al momento me puso a cuatro patas otra vez contra el respaldo del sofá.

Sabía lo que venía y lo estaba deseando. Restregó un par de veces su polla por mi culo y luego empujó. Y entró. Entró como si mi culo la devorase. Entraba sin esfuerzo, pero sin demasiada facilidad, el punto exacto entre presión y comodidad que produce el máximo placer. Entró despacio hasta el fondo y se quedó ahí.

– “¿Ves cómo es mucho mejor?

– “Buff… Te voy a preñar, tenlo claro.

Y entonces comenzó la follada. Empezó a mover las caderas con energía. Su polla entraba y salía abriéndose paso en mi culo, hasta el fondo y vuelta. Reconozco que me estaba dando tanta caña que me costaba mantener el ritmo, no paraba de gemir y jadear, pero estaba en la cumbre del placer.

Lo que más me gusta de hacerlo a pelo, aunque sea muy arriesgado por las ETS y VIH, es la sensación de follar como animales, saber que mi macho puede correrse de placer mientras me folla en cualquier momento.

Mientras me follaba, me manoseaba, me besaba e incluso me tiraba del pelo. Aquello estaba siendo uno de mis polvos más salvajes y perfectos hasta el momento. Mientras él estaba sentado y yo le cabalgaba, sabía que aquello era digno de ser grabado, pero me quedaré sin la imagen de mi culo follando su rabazo desnudo para la posteridad.

No sé cuántas veces cambiamos de posición, pero cuando volvimos a ponernos de frente en el sofá, yo tumbado boca abajo y él sobre mí, supe que el clímax estaba cerca. El sudor, los resoplidos, el ritmo de la follada… Sabía que en cualquier momento me embestiría hasta el fondo y se correría dentro de mí. ¿Realmente quería que se corriese dentro de mí? ¿Y si merecía la pena ver una corrida abundante y espectacular? ¿No era mejor acaso probar aquel néctar delicioso de un hombre con hijos (por alguna razón, que me preñase un hombre que había dejado embarazada a una mujer varias veces me producía un morbo indescriptible)?

Y entre este cúmulo de pensamientos y aquella polla follándome sin descanso, me corrí sin tocarme en medio de un orgasmo que me llegó hasta la punta de los pies. Y entonces llegó el suyo. La sacó del todo y sin contemplaciones me la volvió a clavar hasta que sus huevos chocaron con mi culo. Gritó de placer y yo noté cómo su polla se hinchaba dentro de mí para soltar trallazos de leche. Según se corría sacó la polla y me salpicó el abdomen con los últimos restos de su orgasmo. Resoplando y exhausto, se tumbó sobre mí para recuperar el aliento.

Nos duchamos, nos vestimos y me llevó a casa. Me ofreció darme su número para repetir, pero lo rechacé. Ay, qué necio fui…

Relato Gay escrito por: Gabriel

Comentario: “Relato Gay – De cruising por Ventas

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